El control de precios, una receta condenada al fracaso

Por Impulso

Es el destino circular de un país que sufre y no cura su problema de inflación, apostando a recetas que se han repetido durante décadas sin ningún resultado: en los últimos 100 años, la inflación promedio en Argentina fue del 100% anual. 

Por @finanzasconalejo

Por vez número mil, Argentina apuesta por congelar los precios. Es el destino circular de un país que sufre y no cura su problema de inflación, apostando a recetas que se han repetido durante décadas sin ningún resultado: en los últimos 100 años, la inflación promedio en Argentina fue del 100% anual. 

Los nuevos cambios en el ministerio de economía no parecen aportar nuevas ideas, sino que parecería que vuelven a ir con las mis medidas que hasta el día de hoy no han solucionado ningún problema. Y el resultado está a la vista. Es que el nuevo Secretario de Comercio Interior, Matías Tombolini confirmó el relanzamiento del programa Precios Cuidados, y sostuvo que apuntará a “una variedad de productos centrada en principales marcas con garantías de volumen”. Tombolini también afirmó que el ministro de Economía, Sergio Massa “dice que hay que ponerle precio a las cosas y eso es importante”. Bueno, alguien que me explique como se le pone un precio a algo con un 90% de inflación estimada. Parece difícil, ¿no?.

Con base en la experiencia de más de 4.000 años de historia mundial, está comprobado que la fijación de precios provoca escasez, lo que significa que se producen menos bienes económicos y, por lo tanto, las góndolas de los supermercados terminan vacíos, lo que lleva a un mercado negro, donde se venden menos productos a un precio más alto, como con el dólar libre. 

La historia tiene numerosos ejemplos de controles que, en lugar de atacar los problemas de fondo que generan inflación, restringen la libertad de movimiento de precios y salarios, como si esta fuera la causa de los desequilibrios inflacionarios. Esta medida administrativa no hace otra cosa que meter en el freezer la dinámica propia de los precios, con el riesgo que cuanto más largo sea el período en que se aplique, mayores serán los riesgos de estampida de los precios y la posibilidad siempre latente de desabastecimiento o aparición de mercados paralelos.

Pero, ¿qué pasa cuando no se fijan los precios?

Cuando no se fijan los precios oferentes y demandantes pueden participar libremente vendiendo y comprando bienes. En estos casos se da un precio competitivo de equilibrio para estos bienes.

Pongamos un ejemplo. Supongamos que antes de la pandemia un fabricante de barbijos ganaba $100 por cada uno. Al inicio de la pandemia, dado que la oferta (venta) es limitada y la demanda crece rápido, sube el precio de las mascarillas y pasa a ganar más, $200 por cada una.

Esta ganancia superior al promedio, incentiva a los fabricantes a incrementar su producción, de manera que la oferta de barbijos empieza a aumentar en el tiempo y el precio de las mismas empiezan a bajar.

Pero, ¿hasta cuándo baja el precio? Hasta que al productor le convenga seguir produciendo. En este proceso se generó suficiente cantidad de barbijos en el mercado.

Al precio de equilibrio, la cantidad de barbijos que desean adquirir los compradores es igual a la que desean vender los vendedores. El sistema de precios libre proporciona información a compradores y vendedores acerca de la escasez (cantidad) relativa de los productos y así, alienta a establecer un equilibrio entre la oferta y la demanda. 

Los precios son, como bien explicó Hayek, un inmenso sistema de conocimiento e información, que es distorsionado cuando la política intenta intervenir imperativamente, lo que desemboca en el caos y descoordinación de la economía. 

¿Y si fijamos un precio máximo?

Pese a las buenas intenciones que pueden existir con la fijación de precios, cuando se fija un precio que es menor al de equilibrio se provoca escasez. Esto se debe a que a menor precio, los vendedores estarán dispuestos a ofrecer una menor cantidad y los compradores demandarán una mayor cantidad. ¿O acaso alguien querría vender un producto a un precio menor del que consideran que sale? Y menos si ese precio que hay que poner es obligado.

En el ejemplo anterior vimos que el aumento en el precio incentiva la producción, generando suficiente cantidad de barbijos en el mercado. Si se fija un precio máximo de $100, la gente va a seguir comprando una gran cantidad de tapabocas, pero ningún vendedor querrá incrementar la producción para vender más. Así, se genera la escasez: no habrá suficientes barbijos en el mercado. 

La manipulación y control de precios impiden que los agentes de mercado detecten señales correctamente y no habrá incentivos que induzcan la expansión de la oferta, y por ende los precios no bajarán. 

La escasez no es el único inconveniente que generan los controles de precio. Esta medida genera disminución en la calidad de los productos, ya que dada la escasez es innecesario mantener o mejorar la calidad de los productos. La gente comprará lo que haya.

Por otro lado, como comente anteriormente, se generara un mercado negro, como vemos con el dólar blue. Esto sucede cuando la diferencia entre el precio fijo y el precio que la gente está dispuesta a pagar se vuelve lo suficientemente grande como para compensar riesgos de infringir la ley.

Por lo tanto, los precios máximos terminan beneficiando a aquellos que puedan pagar más, que puedan permanecer más tiempo haciendo cola (como vemos en Venezuela) y a aquellos que tengan conocidos vendiendo los productos. 

Los precios no son formados por los empresarios, ni por los costos de la cadena de producción (salarios, materias primas, etc.), ni por los funcionarios. Por el contrario: Los precios de los bienes con los que se fabrica un bien o servicio (incluido salario) surgen del valor del producto final que le asigna el consumidor.

Precios Cuidados: permitirán mayores subas para garantizar el abastecimiento

En conclusión, la experiencia histórica universal indica que el control de precios es un camino al fracaso, que genera desabastecimiento al desincentivar a los agentes económicos en materia de producción, comercio o prestación de servicios.

Esto vale para cualquier área, alimentos, medicinas, alquileres, etc. El escenario venezolano de las góndolas vacías en los supermercados es el punto de llegada, y algunas cosas similares ya empezamos a ver en Argentina.

Además de los “policías de precios” en supermercados, también se suelen utilizar los cupos y prohibiciones de exportación con la excusa de la “defensa del mercado interno”, aunque las motivaciones reales para esto tienen más relación con un control político sectorial.

La solución es la búsqueda de la estabilidad a través de la salud macroeconómica, lo que implica un sinceramiento y una reestructura del gasto público que el gobierno argentino no parece decidido a asumir. Un recorte en materia de subsidios y planes sociales, los cuales se han vuelto incontrolables. Argentina debería también empezar a desprenderse de empresas públicas deficitarias, que conforman una suerte de “agujero negro” fiscal insostenible como Aerolíneas Argentinas. ​​El déficit de Aerolíneas Argentinas durante 2021 fue de 700M USD. Acumula desde su estatización un rojo de 7.200 M USD y ya recibió subsidios por US$ 140 millones en lo que va del año 2022. Tiene más empleados que Air France, Latam, Lufthansa o KLM. Mientras sostenemos esto, hay 20 millones de argentinos pobres y 4,5 millones que no se alimentan todos los días.

Por ahora, el Gobierno insiste con una receta que siempre fracasó a lo largo de la historia.



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