Trabajar en terapia intensiva con pacientes covid: una rutina entre el cansancio y la muerte

Por Agustín Dadamio

El miedo de contagiarse y contagiar a su familia convive con el recuerdo de presenciar despedidas y ahogar lágrimas. Esa es solo una parte de lo que vivió Victoria, una médica que vio de cerca lo más cruel de la pandemia.

La pandemia de coronavirus le cambió la vida al mundo e impuso nuevas rutinas y costumbres. Algunos debieron acostumbrarse al barbijo, el distanciamiento social y otras medidas preventivas. Pero otros a esos cuidados le sumaron horas de cansancio, ansiedad, estrés, angustia, miedos varios y un diálogo permanente y directo con la muerte. Esas fueron, a grandes rasgos, las citas diarias que debieron afrontar los médicos.

Citas que se hicieron carne en el día a día de Victoria, una médica de Rosario que cursó el tercer año de su residencia clínica en la unidad de terapia intensiva covid del hospital Centenario. Ella no tuvo más opción que enfrentarse a una terapia desbordada de cuerpos que se debatían entre la vida y la muerte, en los meses de abril y mayo.

Vio a personas despedirse de sus familiares dando el último adiós a través de una fría videollamada. Vio a jóvenes adultos morir delante de sus propios ojos. Vio a otros salvarse después de una lucha sin tregua de dos o tres meses. Y principalmente, vio como esa rutina se llenó de miedos y forjó un día a día “desesperante”.

Trabajé en una terapia que tiene capacidad para 20 pacientes, es decir que hay 20 pacientes covid positivo. Pensaba y me decía ‘estoy completamente rodeada de covid’, y eso es un poco desesperante. Hacía todo el tiempo un repaso mental para ver si tenía todos los elementos de protección puestos. Con una falla en algo mínimo ya tenía altas probabilidades de contagiarme”, comienza su relato en primera persona la joven profesional.

Durante esos meses, ella y sus compañeros se habituaron a tener todo el tiempo el equipo de protección puesto, con el barbijo 3M arriba del barbijo quirúrgico y con todas las luces encendidas para no dar ni un centímetro de ventaja a ese enemigo silencioso y tan cruel. En ese tiempo Victoria, al igual que todos, experimentó cambios y sintió que hasta los lugares más comunes ya no eran lo mismo.

La terapia del Centenario es como una sala gigante –describe-. En el medio hay como una isla con paredes vidriadas desde donde los médicos vemos todo el tiempo a los pacientes. Antes de la pandemia ahí tomábamos mates, comíamos facturas y festejábamos cumpleaños. De golpe eso se transformó en un lugar donde como máximo podías tener una botella de agua para no deshidratarse”.

Y esa posibilidad era literal y respondía a ese equipo de protección, al que se le sumaban la calefacción del hospital y un trajín que Victoria recuerda perfectamente: “Había que reanimar paros, intubar pacientes y más con todo ese equipo puesto. Era bastante tedioso. Para tomar agua era todo rápido: bajarse el barbijo, beber y seguir. Si querías comer algo tenías que descambiarte e ir a otro sector. A veces no había tiempo”.

LA MUERTE DE CERCA

Los profesionales de la salud afrontaron la segunda ola vacunados contra el coronavirus, remarca Victoria, por lo que a diferencia de la primera ola estaban “un poco más tranquilos, entre comillas”, porque en el período de abril-mayo de este año empezaron a ver una considerable baja en la edad de los internados.

Nos asustó bastante que estábamos tratando con pacientes de mucha menor edad, de hecho muchos tenían nuestra edad. Era gente de 30, 35 años. Capaz que a veces la edad promedio de los internados era de 45 años. Una locura”, expresa.

Y continúa: “Vimos morir pacientes de 35 años en nuestras caras. O tuvimos que llamar a familiares de pacientes para decirles que posiblemente sea la última noche y que tenían que ir a despedirse. Eso nos conmocionó mucho más porque lo vimos de cerca. Vi gente joven sin tantos antecedentes o comorbilidades. Eso impacta un poco más”.

Ese impacto y el “familiarizarse” más de lo que quisieran con la muerte estaba teñido de ingratas sorpresas: Atendimos a pacientes jóvenes que no esperábamos que mueran”, admite, y agrega: Te olvidabas de que tenían covid y pensabas ‘¿por qué se tiene que morir si tiene 35 años y no tiene nada más que un poco de sobrepeso?’”.

En tanto, el ambiente entremezclaba a quienes estaban lúcidos con quienes estaban intubados o directamente luchando por seguir con vida. Allí Victoria y el resto de los médicos trataban de sembrar calma en una tierra de miedo sofocante.

En el afán de querer darle tranquilidad, a un paciente le dije ‘quedate tranquilo, de esta vas a salir’. Llegué al otro día, estaba intubado y creo que se terminó muriendo. Yo pensaba que le dije que se iba a salvar y es como que uno siente que no se lo pudo asegurar, lamenta con el vivo recuerdo de aquel dolor.

También se le estrujó el corazón cuando vivió despedidas y más de un último adiós. “Me pasó con un paciente que estaba mal y le avisamos que lo íbamos a tener que intubar –precisa-. En ese momento el señor sacó el celular y empezó a hacer una videollamada con su familia. Era como que se estaba despidiendo. Estábamos con mis compañeros y nadie hablaba. Nos tragábamos las lágrimas. Es un momento muy feo. Una carga de malos recuerdos que fuimos sumando día a día. Es difícil”.

Por otro lado, con un aumento de casos incesante, la llegada de la segunda ola obligó a todo el mundo a renunciar a los encuentros afectivos. Lo mismo experimentaron los médicos, con la diferencia de que el miedo a contagiar era tal vez mayor o igual de fuerte que el miedo a morir.

En ese sentido, Victoria asegura: “Todo el tiempo tuve miedo (de contagiar a su familia). Fue una de las cosas que más me pesó. Los médicos todo el tiempo estábamos atentos a los síntomas. Estamos tan expuestos que la noción del contagio está todo el tiempo presente. Muchas veces a mi casa no iba, o iba y al otro día tenía dolor de garganta y me decía ‘no lo puedo creer, mirá si fui y los contagié a todos”.

Además, añade: “Es una sensación de responsabilidad, sentís que sos como una bomba atómica que le puede hacer daño a cualquiera. A mi grupo de amigas o a cualquier persona. Tengo compañeros que no son de acá y hace un año que no ven a su familia. O muchos fines de semana los pasaron solos por miedo a propagar todo esto”.

VIVIR SIN PAUSA

La rutina semanal encontraba a Victoria todos los días en la unidad de terapia intensiva para pacientes con covid. Allí permanecía de lunes a viernes, de 8 a 17. Pero la estadía en su lugar de trabajo se extendía y continuaba en su cabeza.

Dentro del hospital cada vez se nos empezó a demandar más y más, sumar más horas, estar a cargo de más pacientes y más responsabilidades. Era muy difícil desconectarse”, rememora, y sostiene que aquellos días, y los de hoy, tuvieron a la ansiedad como protagonista principal.

De hecho, algunos de sus colegas no pudieron con sus problemas y necesitaron ayuda profesional. “Tengo compañeros que han requerido de terapias psiquiátricas y están actualmente medicados. Vivíamos todo el tiempo en un estado de ansiedad y tensión”, narra.

A Victoria, sin embargo, nunca la paralizó el miedo. Tampoco la frustró del todo la pérdida de planes profesionales que ya tenía en su itinerario académico. La agobió el trajín diario. “Lo que más nos cansó es que se hizo todo muy rutinario –puntualiza-. Lo más tedioso es este trabajo mental de pensar que estás expuesto y te podés contagiar y eso conlleva a estar todo el tiempo con un equipo de protección puesto. Es como ese enemigo que todo el tiempo aparece, no te dan ganas de ponértelo pero sabés que tenés que hacerlo, y hacerlo bien”.

Ahora bien, si algo dejó la pandemia fue un cúmulo de especulaciones y expresiones de descreimiento que formularon hasta exfuncionarios públicos. Ciertamente, aquellos que se atrevieron a descreer y su falta de conciencia generaron “bronca” en Victoria y algunos de sus pares.

– ¿Qué le generaban las opiniones que alentaban a dejar de lado los cuidados o minimizarlos?

Estaba todo el día adentro del hospital y veía el panorama. Después me cruzaba con algunos conocidos y decían ‘no está habiendo contagios’ o ‘me voy a juntar con gente igual porque estoy cansado de estar encerrado’. Yo les decía ‘ojo que te puede tocar, te puede ir mal o podés contagiar a cualquiera’. No era enojo, pero no los podía entender y me daban ganas de invitarlos a la terapia y asegurarles que iban a dejar de decir eso que estaban diciendo.

– ¿Sintió que faltó mejor gestión para afrontar la pandemia de otra manera?

Nos dio mucha bronca lo sucedido al llegar la segunda ola, por lo menos en torno a organización de médicos, infraestructura, recursos. Ahí nos dijimos ‘esta gente de la política y de la salud pública nacional no pensó que si en la primera ola todo eso hizo falta, en la segunda también iba a hacerlo’. Al principio estábamos muy enojados porque al final nosotros éramos los que seguíamos poniendo el lomo, estresándonos, ganando ansiedad, cansancio, llorando de lo cansados que estábamos. Pensando ‘no quiero que sea mañana porque voy a tener que volver al hospital’.

Se podría haber prevenido para que las cosas funcionen mejor, subraya Victoria. Y tiene muy presente que en los períodos más álgidos la contención se la brindaron sus propios compañeros de trabajo. Que en algunos momentos, como en el que les sumó una nueva sala de cuidados intensivos, sintió que debieron haber sido más.

Nos quejamos y a nadie le importó –sentencia-. Nos dijeron ‘arréglense y fíjense como sumar a los nuevos 100 pacientes que les pusimos’. Había que responder a la demanda, pero en torno al recurso humano no se interesaron demasiado. Se jactaban de que había más camas, más respiradores, pero quiénes iban a manejar esos insumos si no había personal. No se encargaron de mejorar los sueldos ni de contratar a más personas”.

LUCES DE ESPERANZA Y UN FUTURO MEJOR

En la actualidad Victoria está en un espacio en el que se reencuentra con pacientes a los que vio, bien de cerca, debatirse entre la vida y la muerte. La juventud, en algunos casos, fue la fiel aliada de los que siguen en pie aún después de lucharla durante meses. Porque en medio de tantas malas, también hay y habrá buenas, y muy buenas.

Entre tantas muertes consecutivas, cuando uno se salva y ve que puede salir con todo lo que pasó, trae una alegría muy grande, como para compensar un poco”, dice y mira hacia adelante rescatando lo positivo de una experiencia que jamás pensó vivir.

Con respecto al futuro, si ya logramos sobrevivir a esto (risas), qué cosa peor nos puede pasar. Logramos desarrollar varias herramientas mentales y emocionales como para salir lo más duros y mejores posible”, reflexiona, al tiempo que valora: “Fue una experiencia más que significó un desafío de ver hasta dónde podemos llegar. Más allá de que todo sea caos, si uno se organiza y se rodea de buenos compañeros y buenas personas, a pesar del contexto desfavorable, se puede. Se puede salir adelante”.

Allí, en ese sentimiento de fortaleza tiene más presente que nunca que lo que más recordará de este tiempo -marcado por tanta pálida y tanta muerte- será el afecto y la compañía de las personas con las que compartió y trabajó de sol a sol durante esta pandemia.

Asimismo, toda esta experiencia de vida que quizá sintetiza la de miles que se vieron arropados con aplausos en las calles, y también muy solos en los pasillos de terapias repletas de muchos que ya no están, desemboca en una luz de esperanza: “A futuro también podemos aprovechar y agradecer cuando la vida sea sin pandemia. Valorar eso. Hay cosas mucho peores que pueden suceder. Hay que valorar cuando estemos libre de covid”, concluye.

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