Recuerdo muy bien enero de 2007. Steve Jobs subido a un escenario en San Francisco mostrando al mundo el revolucionario iPhone, el teléfono que cambió radicalmente la forma en la que nos comunicamos e interactuamos con nuestros móviles.
Recuerdo estar mirando la conferencia y sentir ansiedad, admiración y el deseo de tener ese equipo lo antes posible.
Recuerdo ver como el resto de los fabricantes de smartphones quedaron relegados y sentir a mi Nokia N95 como un objeto completamente anticuado.
Recuerdo el momento en que el equipo llegó por primera vez a mis manos ese año, no sólo luciéndolo con orgullo sino disfrutando de cada una de sus funciones.
Pasaron el iPhone 3G… el 3GS… el 4 y el 4S. Y entre una generación y otra sentía que había algo que no estaba funcionando. Casi como en una relación, en donde la monotonía o la rutina, empiezan a provocar "fricciones".
Hace un tiempo que me pregunto por qué Apple no empezaba a diversificar al iPhone, como había hecho con su exitoso iPod. Y así como se puede conseguir un reproductor de distintos tamaños y con diferentes funciones (Touch, Nano, Shuffle) o colores, nunca entendí las razones de volver monótono a un gran equipo. Es como vestirse todos los días -exactamente- de la misma forma, durante años.
Y así como Apple operó con el iPod, también podría hacer la misma comparación con sus notebooks, desde "básicas" hasta más potentes: desde la Macbook tradicional a la Macbook Pro, pasando por la Air.
O yendo un poco más atrás en el tiempo, las geniales computadoras de escritorio iMac o las iBooks con llamativos colores.
Blanco o negro, son opciones que no fallan. Un dress code que luce siempre bien. Pero que en un punto se vuelve aburrido. Muy aburrido.
Nokia entendió el mensaje (quizás tarde, pero lo entendió al fin) y con su línea Lumia trajo un aire renovado con sus propuestas de terminales en cyan, primero, con los modelos 800 y 900 y luego apostando al amarillo o rojo con los 820 y 920. HTC hizo lo propio recientemente con el flamante 8X en colores violeta o amarillo limón.
El iPhone se volvió aburrido porque no hay opciones y no hay una verdadera innovación. Los íconos siguen siendo absolutamente estáticos. A modo de ejemplo, el del reloj no marca la hora real, y lo mismo sucede con el del tiempo, que muestra siempre unos agradables 23 grados, sin importar que pasa verdaderamente en el exterior.
Quiero un iPhone Nano, o un iPhone Air súper delgado, o un iPhone Pro con mucha tecnología, o un iPhone de colores. Quiero poder elegir.
Entre crecer y envejecer, hay una gran diferencia. El iPhone envejeció. Y en tecnología, ese es el mayor de los pecados.
Por Norberto Sica, director editorial de IMPULSO. @norbertosica.