Debo confesar que no soy de las personas más afectas a las notificaciones. En una época plagada de redes sociales, correos electrónicos (en algunos casos con varias cuentas), mensajerías como WhatsApp, Line o Telegram, e incluso los mensajes de texto tradicionales (SMS), creo que llegó el momento de hacer un alto al frenesí de ser notificado de cada hecho que pasa en el mundo digital.
Pero como la decisión de las notificaciones es una cuestión personal, de preferencias y/o necesidades laborales, sería injusto definir cuál postura es correcta. No es el objetivo de esta opinión.
Lo que llamó mi atención fue la enfermiza obsesión de Facebook y su mensajero Messenger por “casi obligarme” (presionarme, sería la palabra exacta) a activar las notificaciones.
Cada vez que abro Messenger en mi iPhone, aparece un signo de admiración, el representativo de que existe un error o un alerta por algún fallo, justamente indicándome que no tengo activada las notificaciones y que sería “¿mejor?” para mi vida online, tenerlo en modo ON.
No sé si resultará mejor o no para mi vida, pero Facebook busca obligarme a activar algo que no deseo. Ya me forzó a instalar la app Messenger, cuando ya me resultaba lo suficientemente útil usar los mensajes directamente desde la aplicación de FB.
¿En dónde quedó el libre albedrío? El problema de las empresas que llegan a una posición dominante del mercado es cuando pierden el rumbo inicial con el que fueron creadas. Facebook (no es la única) tomó ese camino. Todavía está a tiempo de enmendarlo.
No quiero notificaciones Mark. El mundo puede seguir funcionando tranquilamente sin ellas.