“Si le hubiera preguntado a las personas que querían, me habrían dicho caballos más rápidos”. La frase dicha por Henry Ford era una de las favoritas de Steve Jobs a la hora de explicar cómo pensaba sus productos.
Quizás sea una de las expresiones más claras de cuál es la diferencia entre un empresario (o un gobernante) y un visionario (un estadista en términos políticos).
Este era un año esperado por los analistas de la industria y los consumidores de Apple. Después de dos temporadas sin mostrar cambios estéticos en el iPhone (en 2012 se lanzó el iPhone 5 y en 2013 el 5s que compartieron las líneas de diseño), había mucha expectativa.
La compañía viene registrando números récords en ventas y si bien no logra crecer al mismo ritmo que sus competidores (especialmente Samsung), no cesan los reclamos de falta de innovación.
A pesar de las críticas positivas en torno al iPhone 6, el gadget es el menos logrado en términos de diseño. Tampoco presentó cambios sorprendentes en hardware: salvo el procesador más veloz y la incorporación de la tecnología NFC para el uso exclusivo del pago electrónico en Estados Unidos, no hay mayores diferencias con el iPhone 5s.
Se mantuvo la misma resolución de la cámara de 2011 y la misma cantidad de ppi (resolución del display) de 2010.
“La mayoría de las personas piensa que el diseño es una chapa, es una simple decoración. Para mí, nada es más importante en el futuro que el diseño. El diseño es el alma de todo lo creado por el hombre”, afirmaba Jobs.
Los productos de Apple son reconocidos por una gran integración de hardware y software, pero fundamentalmente por su refinamiento estético.
Con el iPhone 6, Apple decidió convertirse en Samsung. Lanzó un producto masivo, con una pantalla innecesariamente más grande. Acaso, ¿más grande es mejor?. No. Tim Cook y su equipo degradaron una pieza de joyería como el iPhone a un objeto tosco y sin pretensiones.
“Algunas personas proponen: «Dales a los clientes lo que quieren». Pero esa no es mi postura. Nuestro trabajo consiste en averiguar qué van a querer antes de que lo sepan. Por eso nunca me he basado en las investigaciones de mercado. Nuestra tarea estriba en leer las páginas que todavía no se han escrito”, también decía Jobs.
Hasta 2007 los celulares más deseados eran los que tenían un tamaño pequeño y delgado. Ese año, Apple lanzó el iPhone original que rompió con el concepto de smartphone, con su pantalla touch de 3,5 pulgadas.
Ahora, lo que no es más que una moda impuesta por Samsung para decir que más grande es mejor, la competencia pasa por ver quien lanza el gadget con la pantalla más gigante. Pero aquí también hay un límite: la portabilidad. Y Apple, en lugar de volver a ser la empresa estadista, se convierte en una seguidora.
“Tengo mi propia teoría acerca de por qué compañías como IBM o Microsoft entran en decadencia. Una empresa hace un gran trabajo, innova y se convierte en un monopolio o en algo cercano a ello en un campo determinado, y entonces la calidad del producto se vuelve menos importante. La compañía comienza a valorar más a los grandes comerciales que tienen, porque ellos son los que pueden aumentar los beneficios, y no a los ingenieros y diseñadores de productos. Así pues, los agentes de ventas acaban dirigiendo la compañía. John Akers, de IBM, era un vendedor fantástico, listo y elocuente, pero no sabía absolutamente nada sobre los productos. Cuando los chicos de ventas dirigen la compañía, la gente que trabaja en los productos pierde importancia, y muchos de ellos sencillamente se marchan”.
Las palabras son de Steve Jobs. Y no puedo dejar de pensar que Tim Cook es el John Akers de IBM.
Por Norberto Sica, director editorial de #IMPULSO (Clic aquí para seguir en Twitter)